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martes, 7 de marzo de 2023

1- El misterio de Sherlock Holmes

Sherlock Holmes es un famoso detective ideado por el escocés Arthur Conan Doyle.
Protagonizó cuentos y novelas de este autor, pero también cómics, películas y series creadas
por otros/as en diferentes épocas. Holmes es conocido por su inteligencia y por su pipa; por
su arrogancia y por su boina; por su “Elemental, mi querido Watson” y por su lupa. ¿Lo habrá
inventado todo Conan Doyle? ¿Cómo habrá sido el Sherlock original, el primero?
En esta propuesta vas a leer algunos fragmentos de textos de Conan Doyle y conocer cómo
era este famosísimo personaje según su autor original.

El caso del médico recién llegado


El narrador de las historias escritas por Conan Doyle es el doctor John Watson, ayudante
y amigo de Sherlock. Un estudio en escarlata, la primera novela en la que participan estos
personajes, comienza cuando Watson vuelve a Londres después de desempeñarse como
cirujano en la segunda guerra de Afganistán y se encuentra con Stamford, un viejo colega
del hospital. Watson le revela que está en aprietos económicos y en busca de alojamiento,
y Stamford le ofrece presentarle a un conocido que busca a alguien con quien compartir un
departamento: el señor Sherlock Holmes.
Leé el siguiente fragmento del primer capítulo de Un estudio en escarlata, en el que Watson
y Stamford se dirigen a ver a Sherlock Holmes, y, en el camino, conversan sobre él. Recordá
que Watson aún no conoció al detective, ni sabe nada de él.


—Usted no conoce aún a Sherlock Holmes; quizá no le interese tenerlo como compañero.
—¿Por qué? ¿Hay algo en contra suya?
—Yo no he dicho que haya algo en contra suya. Es un hombre de ideas raras. Lo
entusiasman determinadas ramas de la ciencia. Por lo que yo sé, es alguien bastante
aceptable.
—¿Estudia Medicina? —le pregunté.
—No... Yo no creo que se proponga seguir esa carrera. En mi opinión, domina la anatomía,
y es un químico de primera clase; sin embargo, que yo sepa, nunca asistió de manera
sistemática a las clases de Medicina. Es muy voluble y excéntrico en sus estudios, pero tiene
una gran cantidad de conocimientos poco corrientes, que asombrarían a sus profesores.
—¿Alguna vez le ha preguntado cuáles son sus propósitos?
—Nunca; no es un hombre que se abra fácilmente, aunque suele ser bastante comunicativo
cuando está de humor.
—Me gustaría conocerlo —dije—. Si tengo que vivir con alguien, prefiero que sea un
hombre estudioso y de costumbres tranquilas. No me siento bastante fuerte todavía para
soportar mucho ruido o alboroto. Los que tuve que aguantar en Afganistán me bastan para
todo lo que me resta de vida normal. ¿Cómo puedo conocer a este amigo suyo?
—Seguro que está ahora mismo en el laboratorio —contestó mi compañero—. Hay
ocasiones en que no aparece por allí durante semanas, y otras en que no se mueve del laboratorio desde la mañana hasta la noche. (...) No debe echarme a mí la culpa si no se
llevan bien —me dijo—. Lo que yo sé de él lo sé por haberlo tratado alguna que otra vez en
el laboratorio. Usted es quien aceptó el asunto y no debe hacerme responsable.
—Si no nos lleváramos bien, será fácil separarnos —comenté—. Me parece, señor
Stamford, que usted tiene alguna razón para querer lavarse las manos en este asunto
—agregué, clavándole la mirada a mi compañero—. ¿Acaso es un hombre de carácter
terrible o qué? No se ande con vueltas.
—No resulta fácil expresar lo inexpresable —me contestó, riéndose—. Para mi gusto,
Holmes es un poco excesivamente científico. Casi toca en la insensibilidad. Yo llego incluso
a imaginármelo dándole a un amigo un poco del alcaloide vegetal más moderno, y eso
no por maldad, compréndame, sino por puro espíritu de investigador que desea formarse
una idea exacta de los efectos de la droga. Por ser justo, creo que él mismo la tomaría
con idéntica naturalidad. Por lo que sé, su pasión es lo concreto y exacto en materia de
conocimientos.
—Y tiene muchísima razón.
—Sí, pero esa condición lo puede llevar al exceso.


Conan Doyle, Arthur (2015). Un estudio en escarlata.
Traducción: Alicia Dellepiane Rawson. Buenos Aires: Claridad

 

Sobre el autor de este texto
Arthur Conan Doyle (Edimburgo, 1859-Crowborough, 1930). Médico y escritor. En 1885, creó a su personaje más famoso, el detective Sherlock Holmes, y un año más tarde publicó la primera novela protagonizada por Holmes, Un estudio en escarlata. Escribió cuatro novelas y más de cincuenta cuentos sobre el detective, que le valieron una gran fama en todo el mundo. Aunque no creó el género policial, lo hizo popular: Sherlock Holmes y el doctor Watson se convirtieron en personajes célebres y el público lector ansiaba leer sus historias.

Después de leer, resolvé las siguientes actividades.


1. Una de las primeras cosas que Stamford dice sobre Holmes es que “no es un hombre que se abra fácilmente”. ¿Qué te parece que quiere decir?
2. A lo largo de su conversación con Watson, Stamford comparte información sobre Holmes.
Hacé una lista con los datos que el doctor Watson fue juntando sobre su futuro compañero.
Podrías anotar, por ejemplo, que Sherlock sabe mucho de anatomía y de química, o que tiene muchos conocimientos poco corrientes.
3. En un momento de la conversación, Watson acusa a Stamford de “querer lavarse las manos”. ¿A qué se refiere? ¿Por qué te parece que Watson le hace ese comentario a Stamford?
4. Entre otras cosas, Stamford opina que Holmes es “excesivamente científico”. ¿Qué te parece que quiere decir? Para responder, releé la parte en la que Stamford dice eso en el texto.
5. Releé tus respuestas anteriores. En función de lo que dice Stamford, ¿te parece que Sherlock Holmes es una persona fácil o difícil para convivir? ¿Por qué? ¿Qué aspectos positivos encontrás? ¿Y negativos?

 

 RECUPERADO DE: G.C.A.B.A. | Ministerio de Educación | Dirección General de Planeamiento Educativo | GOC | GOLE
Estudiar y aprender. 1° año.

martes, 10 de marzo de 2020

EL ALMOHADÓN DE PLUMAS

Horacio Quiroga
(1879-1937)

EL ALMOHADÓN DE PLUMAS
(Cuentos de amor, de locura y de muerte, (1917)


         Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
         Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
         La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
         En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
         No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
         Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
         —No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
         Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
         Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
         —¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
         Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
         —¡Soy yo, Alicia, soy yo!
         Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
         Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
         Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
         —Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que hacer...
         —¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
         Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
         Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
         Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
         —¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
         Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
         —Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
         —Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
         La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
         —¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca.
         —Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
         Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandos: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
         Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
         Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

viernes, 4 de octubre de 2019

TRABAJO PRÁCTICO 3° TRIMESTRE 1° 1°


1. Acceder al texto publicado en formato PDF para su lectura online o su impresión:

2. Buscar la biografía de Robert Louis Stevenson.


3. Ubicar en Google Earth o en un mapa, las islas y los demás lugares que encuentres  mencionados en el cuento.

4. Realizar un cuadro sinóptico  con algunas características del cuento

5- Responder:

A. ¿Diablo y demonio son sinónimos? ¿Existen otras maneras de nombrar al diablo?

B. ¿Qué es un pacto?

C. ¿Qué significa entregar el alma?

D. Se lo venden como “objeto mágico”  ¿En nuestra vida diaria, se nos ofrecen “objetos que nos solucionan cuestiones o cumplen nuestros deseos”?

E. ¿Por qué el precio de la botella baja en vez de subir? 

F: Explicá el conflicto.

G. Describí los personajes principales
H. Incluir un cuento, una canción o  una película relacionados con pactos con el diablo

I.  Hacer una búsqueda de imágenes de las diferentes ilustraciones de tapa del libro y realizar una nueva tapa personal y una reseña que promocione la obra.

martes, 20 de agosto de 2019

Estructura de la noticia



La Celebridad (Antón Chejov)



Acaban de dar las doce de la noche, cuando Mitia Kuldarof, muy excitado y con los cabellos en desorden, entra como un torbellino en casa de sus padres y empieza a correr por todas las estancias.
Sus padres están acostándose. La hermana, ya en la cama, termina de leer la última página de una novela. Los hermanos colegiales están durmiendo.
-¿De dónde vienes? -le preguntan sus padres-. ¿Qué te ocurre?
-No me pregunten. Yo no me lo esperaba, no; nunca me lo habría podido esperar. Es increíble.
Se deja caer en una butaca, riendo a carcajadas. La felicidad le impide permanecer de pie.
-Es increíble. No se lo hubieran imaginado nunca. Pueden mirar.
La hermana salta de la cama, se echa un manto sobre los hombros y se acerca a él. Los colegiales se despiertan.
-¿Qué te pasa? Se diría que te has vuelto loco.
-Es de alegría, mamá. Toda Rusia me conoce ahora, toda... Antes eran ustedes los únicos que sabían que en este mundo existe Dimitri Kuldarof. En adelante toda Rusia lo sabrá. Madrecita. ¡Dios mío!
Mitia salta, da algunos pasos y vuelve a arrellanarse en su sillón.
-Pero, ¿qué pasa, en fin? Cuéntalo razonadamente.
-Ustedes viven como sin vida, como unos salvajes. No leen los periódicos. No hacen caso alguno de la publicidad. Y la verdad es que los periódicos contienen cosas extraordinarias. Nada de lo que sucede puede mantenerse oculto. ¡Qué feliz soy, Dios mío! En los Periódicos solamente se habla de gente célebre, y he aquí que ahora se han ocupado también de mí.
-¿Qué hablan de ti? ¿Dónde?
El padre se pone pálido. La madre mira los grabados y se santigua. Los colegiales saltan de sus camas, tapados apenas por sus camisas de dormir, muy cortas, y se acercan al hermano mayor.
-Sí, señor; se han ocupado de mí; toda Rusia me conoce. Vea usted este periódico, mamá; guárdelo como recuerdo. De vez en cuando lo volveremos a leer. Mírelo.
Mitia saca de su bolsillo un periódico, lo presenta a su padre y le indica un párrafo marcado con lápiz azul. El padre se pone los lentes.
-¡Lea!
La madre contempla otra vez los grabados y se santigua nuevamente. El padre tose y comienza la lectura:
" El día 29 de diciembre, a las once de la noche, Dimitri Kuldarof...
-¿No lo ven ustedes? Continúe...
"Dimitri Kuldarof, al salir de la cervecería sita en la Pequeña Bronnaram, en casa de Kasijin, se encontraba en estado de embriaguez...
-Sí, sí; ¡era yo! Carfineos Petrovich, mi amigo; todo está reseñado con los menores detalles... ¡Siga! ... Y encontrándose en estado de embriaguez, resbaló y cayó entre las patas de un caballo enganchado a un coche de alquiler. El caballo se asustó de él, le saltó por encima, arrastró un trineo sobre su cuerpo y echó a correr por las calles hasta que los dvonih lo detuvieron. Al principio Kuldarof estaba desmayado y hubo que transportarlo al puesto de policía a fin de que el médico lo reanimara. ¡El golpe recibido por él en la nuca!...
-Fue con la lanza del coche, papá... ¡Lee, lee!...
" ... El golpe recibido por él en la nuca resultó leve. Se levantó acta, y a la víctima se le prestaron los cuidados que su estado requería.
-Ordenaron que me pusieran en la nuca compresas de agua fría. ¿Se han enterado? Eso es; la noticia ha circulado por toda Rusia. Venga el periódico.
Mitia coge el periódico y se lo mete en el bolsillo.
-Voy corriendo a casa de Makarof, para enseñárselo. También hay que mostrarlo a los Ivarmitsko, a Natalie Ivanovne, a Nissim Vanlievitch. Me voy a escape. ¡Adiós!
Mitia se pone la gorra y, excitado y alegre, sale corriendo a la calle.